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La inspiración es parte fundamental del trabajo, pero es la última que llega. Para que participe en el proceso de creación, es fundamental rodearme de las condiciones ideales: tranquilidad, música, tiempo, desconexión del entorno.
Así se engendra un libro, una novela, un hijo cuya carne es de papel y tinta.
También necesito tener una idea, claro, que será la semilla de la historia; y la dejaré crecer sola por el misterioso sendero de la imaginación. A medida que la idea se complica, yo la voy reconduciendo como buenamente puedo, pero ya ha cobrado vida y cuando me quiero dar cuenta, es un ser autónomo, separado de mí pero al que me debo de una extraña manera: un hijo en el que no te reconoces apenas, pero al que adoras.